Please enable JS

TEXTOS

Obra Negra, La desaparición de cuerpos

Transgresión es la palabra clave en la obra de Manuel Solís. Su producción gráfica es un ejercicio constante de denuncia y rebeldía frente a la normalización de la violencia de género, pero al mismo tiempo es una exploración plástica y una evocación que problematiza en términos semióticos el rostro de la desaparición y la muerte.
Obra Negra es el título que define a este proyecto, que desde diversas perspectivas encara una práctica frecuente que transgrede de forma sistemática a las mujeres y a la sociedad en su conjunto. Alude desde lo más profundo de su significado simbólico a la fragilidad de la existencia misma; fragilidad e impermanencia generada mediante actos de furia y discriminación. Esta serie muestra ser parte un proceso que evidencia, y desnuda el cuerpo de una vulnerabilidad social en constante agravamiento, que va más allá de lo brutal; edificando un “Imperio de lo atroz”.
Cada pieza es parte importante de una serie, que termina por conformar la totalidad de un discurso revelador y genérico, pero que a su vez, retrata una historia particular entre victima y victimario, donde los protagonistas somos todos; una descripción singular, minuciosa y única del rastro de una transgresión, a la cual nadie debiera resultar indiferente.
El proceso creativo que este artista ejecuta con rigor técnico, refuerza los conceptos temáticos con toda intención. Echando mano del aguafuerte y aguatinta como medios calcográficos, incide la plancha matriz en perfecta analogía con los hechos violentos de la desaparición de cuerpos, que su quehacer artístico delata. El mordiente utilizado en el proceso, emula con crudeza la degradación de la tortura, desmembrando paso a paso la dermis de la superficie matricial.
La fragmentación de la imagen ratifica el desvanecimiento, terror y quebranto de las victimas. El tratamiento formal construye paulatinamente un escenario que ineluctablemente culmina en la penumbra, la destrucción, en la nada.
El registro que la estampa nos otorga, acontece en diferentes momentos de la transgresión. El proceso entendido como huella, refiere con elocuencia al impacto permanente del suceso y se establece como memoria de un binomio de presencia-ausencia, que más allá de una reflexión, nos invita a la confrontación con nuestra propia identidad, participación y reconocimiento de los daños.
Toda transgresión pone en evidencia un acto de poder subversivo; en el tema en cuestión, un poder que además viola, atropella y perturba. La Obra negra de Manuel Solís, es perturbadora, es incómoda, es brutal.


Mtro. Víctor Hugo Ríos Olmos/Coordinador
Taller de Producción e Investigación Gráfica Carlos Olachea FAD/UNAM.
Ciudad de México, 2019.

















La deshumanización de lo humano: la violencia es el mensaje

La dinámica de la vida social se caracteriza por múltiples y recurrentes conflictos. La manera de resolverlos, de domesticar y canalizar los deseos pulsionales, es la medida del grado civilizatorio o de salvajeidad en el que se encuentra una población en un momento dado. A través del tiempo la dinámica social dentro de un marco histórico puede favorecer y estimular soluciones biofílicas que busquen que cada ser humano goce de cierta paz, seguridad y libertad; condiciones que favorezcan la realización de la vida de cada uno durante su existencia terrenal.
Lo contrario también puede ocurrir: favorecer la aplicación de soluciones que dan rienda suelta a la pulsión de muerte, a la necrofilia, a salidas inhumanas. “Muerto el perro, se acabó la rabia”, en mexicano. Una cultura que celebra con música y canto desde la infancia más temprana, una presunta “ley natural de la vida”, de la existencia humana, la guerra como estado natural y matar: “mexicanos al grito de guerra” hasta inundar el territorio bajo torrentes de sangre humana, cubiertos de cadáveres y pedazos humanos flotantes, torrentes de los que resalta un archipiélago de miles de fosas que ocultan incontables cadáveres humanos de matanzas, pues “la vida no vale nada”; no solamente la de los congéneres, sino la propia; una cultura que socava incluso el instinto de conservación.
Pero en el contexto histórico actual, ¿qué es ese “Nada” que vale la vida? Dinero, “nada, sólo dinero” (Horst Kurnitzky). La vida de cada ser humano, sus partes (órganos internos) convertidos en una mercancía más, bien ejemplificado en las industrias de trata y esclavitud, del secuestro, de tráfico de órganos, de la salud. Quien [convertido ya en una mera mercancía], es decir, lo que no es valorizable en términos del mercado, estorba; por ende, debe ser desechado, exterminado, pues, además, el proceso de desecho y exterminio molecular y masivo requiere inversión de capital ocioso en fuerzas coercitivas, equipamiento, y genera enormes ganancias, hace que el capital “crezca”, “se reproduzca”.
Cuando la única razón de ser y actuar de los individuos, ya auto mercantilizados, auto inhumanizados, es obtener el acceso directo al dinero sin mediación social, como un fin en sí mismo, a la manera en que el rey Midas convertía (mataba) lo viviente en materia dorada sin vida, oro, queda liquidado lo que de sociedad existía (Horst Kurnitzky) y desintegradas las condiciones básicas materiales, sociales y psíquicas para el sustento de la convivencia humana. Lo inhumano es justo, lo humano es injusto; la corrupción es virtud, la decencia es desvergüenza; los “derechos inhumanos”, justicia; los derechos humanos, injusticia.
El colapso prolongado de una civilización y su caída libre en el abismo de la salvajeidad caracteriza los tiempos actuales. Este proceso comparte rasgos comunes en todas partes y en todos los planos, desde el psíquico individual y social, hasta la esfera global, a los que se suman atributos específicos en cada ámbito y lugar particular. La vida individual y social lanzada a un estado de precariedad existencial integral, así como la devastación del entorno ecológico en territorio mexicano constituyen un capítulo específico dentro de este proceso global, del que forma parte y que le rebasa.
Por eso, si bien allí la salvajeidad ha sido una constante, con periodos de mayor o menor intensidad y propagación, el proceso actual es inusitado, quizás sólo comparable con la bestial matanza, rapiña y edificación de la Nueva España. A diferencia de entonces, donde estaba en marcha un mega proyecto colonial imperial ultra marino, hoy eclosiona una crisis de la humanidad. El derrumbe de una civilización en múltiples torrentes con rápidos, vórtices y cascadas que crecen hasta formar especies de tsunamis, sin que nadie con seriedad se atreva a predecir a dónde conducirá el proceso, salvo a señalar que se encuentra al inicio, y que es y será caracterizado por enormes dislocaciones, crisis y orgías de destrucción y muerte masiva, donde las diferentes fuerzas sociales interactuarán y se confrontarán. Este proceso lo percibe Manuel Solís como una “sensación caótica”, un “caos infinito”, que crece y crece infinitamente, pudiera uno aseverar, de manera paralela al crecimiento exponencial del capital ocioso y virtual en el circuito financiero internacional, cuyas burbujas especulativas autogeneradas crecen y crecen hasta que revientan y desaparecen instantánea y mágicamente como las de jabón, dejando tras de sí enormes zonas enteras del planeta material y socialmente aniquiladas.
Para representar y hacer aprehensible el devenir violento de este “mundo fuera de quicio” (Wolfgang Streeck), Manuel Solís ha escogido utilizar pequeños rectángulos de madera, todos exactamente de las mismas dimensiones, colocados cada uno lado a lado, que conforman dos collages rectángulares grandes, proporcionales a los pequeños rectángulos, a los que, como el “caos infinito”, el artista puede ir agregando más y más rectángulos, para representar atributos adicionales de ese proceso en expansión violenta y entrópica.
Adicionalmente, en otros cuadros, el proceso de ensalvajizamiento por incrementos es representado al contrastar la polis todavía de pie, cuna y símbolo de la cultura y la civilización, donde, como se decía en el medioevo feudal, “el aire de la ciudad libera” [„Stadtluft macht frei“], con el fondo donde, de manera instantánea por bombardeo aéreo, aquella deja de existir y queda convertida en ruinas y escombros ocultos dentro de nubes mortíferas generadas por las explosiones. La “destrucción creativa” schumpeteriana de la economía neoclásica (Joseph Schumpeter) y la neoliberal --así llamada-- “disrupción creativa”, han dado paso a la destrucción pura y total. Otro cuadro muestra en un acercamiento de la polis desmembrada, en detalle unos edificios, donde quizás poco tiempo antes la vida cotidiana se desenvolvía, abiertos en canal, en ruinas y escombros, mostrando adicionalmente, a través del recurso de representar soldados de plástico kitsch con los que los niños juegan; la cultura de juguetes bélicos. En el fondo los escombros del producto final de ese proceso de socialización necrofílica.
La deshumanización de lo humano no sólo se refiere a las/os victimarias/os, sino también a las víctimas: seres humanos descuartizados, deformados, reducidos a retazos de cuerpo humano, a pedazos de carroña, por sus congéneres, que pueden ser a la vez víctimas y victimarias/os, hasta quedar, un mundo paranóico, el último sobreviviente (Elías Canetti-Caso Schreber). El mundo real deviene en un ensueño monstruoso y aniquilante, y ese ensueño, que es el mundo concreto, invade y se apropia del sueño de cada individuo cuando cae dormido, y vice-versa. Un círculo cerrado existencial de horror y angustia.
Una sensación de inseguridad, de desprotección ante múltiples amenazas ubicuas, invisibles, que pueden atacar en cualquier momento, y frente a las cuales no puede uno protegerse. El mundo como un lugar inseguro, donde cada individuo vive la precariedad integral y una sensación de amenaza existencial total.
Simultáneamente, al ver la misma portada múltiples veces el mismo día en múltiples lugares distintos, conforme desarrolla su vida cotidiana, en un proceso repetitivo, cada pasante constata que hasta ese momento es un sobreviviente, lo cual genera una sensación de placer, de satisfacción de haber sobrevivido a la víctima, al otro.
En la obra de Manuel Solís es evidente el intento de sensibilizar, de humanizar la deshumanización rampante a través de la reflexión, del recurso al “efecto de distanciamiento”, empleado a su manera en tiempos de salvajeidad por Pieter Brueghel, el Viejo en “El triunfo de la Muerte” (1562), y en el siglo XX por Bertolt Brecht en la literatura, que tiene como fundamento, entre otros, la crítica de raíz y, derivado de esta, el esclarecimiento. Crítica al consumo de la violencia, de la imagen violenta, a la deshumanización de lo humano donde, anota Manuel Solís, “la violencia es el mensaje”; mostrar que, en el sentido de los cineastas Pier Paolo Pasolini y Michael Haneke, la violencia es inconsumible.


Stephan Hasam.
2016

















Manuel Solís, “interesante Paradoja”

Por Circe Irasema.

Por Circe Irasema. Desde mi ojo, todo acto de violencia se vincula intrínsecamente con una privación de la Libertad de alguna manera. Ya sea por quien lo ejerce, por quien lo recibe o por quien lo condena y lo exhibe. Tan lo menos sí, el tipo de violencia que Manuel Solís usa como material de contenidos para su trabajo artístico. En su obra es evidente el intento hacer notar y enfrentar al espectador ante la gran ola de Terror que consume día con día en la televisión, el cine, el periódico o el internet; este espectador que se mantiene alterado gracias al bombardeo continuo de imágenes que llegan por todas, es también un sujeto deshumanizado al que parece ya no impresionarle el desastre.
Ante esa contradicción, en la que las imágenes resultan abrumadoras dejándonos ciegos por el horror o indiferentes e insensibles por la repetición pulsante que nos hace perder el sentido, es importante preguntarnos que caso tiene mediante lo visual utilizar dichos patrones como elementos estéticos y de contenido para la construcción de una posible critica desde el arte si posiblemente contribuimos en su propia propagación: “afilar el cuchillo que apunta a nuestra propia garganta”.
¿En qué cosas contribuye un gesto como el de Manuel Solís? Es posible que la obra de Solís no sea más que una confirmación de que muy en el fondo si es posible resistir y consumir la Violencia: una pintura que denuncia pero que también exhibe explícitamente, y aunque lejos de querer sublimar dichos actos desde la belleza, si lo hace desde el horror, pues la obra de Manuel Solís no puede evitar contribuir desde lo simbólico el enaltecimiento o tributo a dicho fenómeno desde la figuración pictórica. La Pintura no puede librarse fácilmente de toda su carga ideológica y política que la precede y que la coloca como un instrumento estético importante en la consolidación de un pensamiento. La Violencia que Manuel Solís hace visible es un arma de doble filo que al momento en que lo señala cómo un problema al que debemos prestar atención, lo coloca en un área admirable de consumo cultural a la cual estamos prácticamente condenados. Es posible que la relevancia de su trabajo radique justamente en la disyuntiva que genera esa contradicción.
Es difícil hablar sobre Libertad en un país preso del crimen, la pobreza, la desigualdad (social o de género) y la corrupción, como bien promueven nuestros organismos de paz y gobiernos nacionales e internacionales que en “harás de prosperidad” se hallan en una continua promulga y reforma de leyes. Esto lo pienso porque en efecto podría pensarse que los actos creativos, pueden llegar a interpretarse como emotivos gestos emancipatorios de la humanidad que nos ayudan a luchar contra la adversidad. Que al igual que el deporte, el Arte es un terreno neutral donde es posible ser y hacer con “libertad”: criticar, opinar, señalar, imaginar, etc. pareciera ser el lugar adecuado para hacerlo, mientras que a su vez dicho territorio parece seguro y blindado desde una justificación cultural. No obstante, el Arte igualmente es un canal de comunicación importante al que le afectan los factores geopolíticos por los que atraviesa una nación; no queda exento ni remotamente desconectado de los fenómenos sociales que le circundan, si bien siempre se entiende al Arte como “ese espejo que refleja su tiempo”, es también un objeto que reproduce una ideología de la cual forma parte consciente o inconscientemente.
El trabajo de Manuel Solís que no escatima en darnos detalles del horror y el impacto de una imagen sanguinolenta y desmembrada, o la pila de encabezados periodísticos que describen vulgarmente en rojo las acciones más atroces de El Gráfico o el Alarma, siendo así su pintura un acto de Violencia en si mismo, que a su vez que busca emanciparse del espanto que aquello le provoca, más se estanca dentro de. No obstante censurarlo, nos haría participes de igual crimen, que prohíbe o delimita nuestra visión sobre la realidad –así como el “hacer creativo.
Los privilegios de dicha libertad artística no me dejan más que decir que este trabajo es una “Interesante paradoja” en la que la obra de Solís no puede más que repetir lo que mira y mirar lo que se repite sin opciones hacia donde girar la cabeza, ni recovecos en los cuales esconderse de la violencia que azota incesantemente desde distintos ángulos al país. Sin más el panorama desalentador de México, al igual que la Pintura misma sólo le queda ser y dejar ver, de forma inmóvil pero de pie, se rebosa espeluznante pero maravillosa, llena de preguntas aunque sin respuestas, por los siglos de los siglos. Amén.



Ciudad de México
Julío 2017